CANSADOS Y AUTOEXPLOTADOS (MARZO DE 2025)
Tercera semana sin un empleo formal. Me doy cuenta de que todo lo que he hecho desde que me quedé sin trabajo ha sido impulsado por el miedo a estar quieto. Estoy metido en varios proyectos freelance, sobre todo para evitar sentirme inútil. Me parece aterrador no hacer nada. Prefiero autoexplotarme primero, ver qué puedo hacer aquí y allá, en lugar de quedarme estancado. Agradezco que haya opciones, pero sé también que soy una víctima de estos tiempos.
A medida que va pasando el tiempo, sin
embargo, veo que a la gente no le importa demasiado. Cada quien está en
lo suyo. Y me doy cuenta de que quizás no sea tan malo bajar la velocidad. Que está bien pasar un día sin exigirme tanto y que resulta sano dejar de pensar en la angustia que me produce generar ingresos,
así sea solamente durante unas horas. No es tan grave. Todo pasa, a fin de cuentas: los buenos momentos y los malos. No
será eterna esta situación. ¿Por
qué tanto afán?, me pregunto muchas veces.
Agradezco, eso sí, el privilegio de tener ciertas ventajas. Manejar el tiempo de acuerdo con mis necesidades, poderle seguir dedicando minutos al día a estar con mi hijo, salir a comer un helado y hablar con él, son cosas invaluables. Soy consciente de que muchas personas están todo el día en trabajos que no les gustan, con sueldos que no les alcanzan, y sin tiempo para gastar con la gente que quieren.
El día a día se ha convertido en una lucha por la supervivencia, y más en Colombia. Somos un país que le rinde un culto desmedido al trabajo y no nos gusta pelear por nuestros derechos. Al contrario: vivimos en la sumisión de agradecer la precariedad porque “hay trabajito” y no nos importa que nos quiten las horas extras o nos pongan jornadas extenuantes porque somos “un pueblo trabajador”. Tenemos una mentalidad esclavista. Agachamos la cabeza por naturaleza y al que se atreve a levantarla un poco lo tildamos de rebelde, de “sapo” y ahora de “comunista”. Nos gusta que un patrón nos mande y nos diga qué hacer. Nos gusta que nos ahorre el trabajo de pensar por nosotros mismos. Nos gusta defender al que nos explota.
Entiendo, como ya dije, que al final somos víctimas de estos días que vivimos. Yo también lo soy. Todos queremos hacer, hacer y hacer sin descanso para tener algo que mostrar. Deseamos que nos vean como unas personas exitosas, inspiradoras, innovadoras y todos esos términos que tanto le gustan a esta época del capitalismo tardío. Es la era de la explotación de nuestra propia imagen, del hacer sin descanso, del “acumular experiencias”. Corremos como desenfrenados hacia una meta que cada día se aleja un poco más. Y así vamos: magullados, heridos, doloridos y extenuados, pero mostrándoles a los demás que somos exitosos con una sonrisa triste en la cara.





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