ENTREGARSE A LA INCERTIDUMBRE (ÚLTIMOS DÍAS DE FEBRERO)


Cuando aparecieron los tomos de la Comisión de la Verdad, luego del Acuerdo de Paz, se impulsó también un proyecto paralelo llamado Futuro en tránsito: una serie de libritos pequeños en los que 39 autores —entre escritores, periodistas, académicos y demás— reflexionaron sobre la relación que los colombianos hemos tenido con el conflicto armado a partir de diversos temas e ideas.  

Quise releer por estos días uno en particular que aborda el tema de la incertidumbre. En el primer ensayo, Moisés Wasserman, ex rector de la Universidad Nacional, apunta que a la incertidumbre «hay que entenderla como parte de la condición humana y no como una amenaza o como un mal», sobre todo porque estará acompañándonos a lo largo de la vida, por más resuelto que creamos tener el provenir. Dice, también, que el hecho de no saber qué nos depara el futuro tiene sus ventajas. Para Wasserman, «la certidumbre termina con la reflexión, pues creemos saber qué pasa y qué hay que hacer. La duda, en cambio, nos obliga a pensar, a escuchar, a sopesar, y esa es la vía con que los humanos acertamos mejor».


La ilusión de la certidumbre nos crea comodidad, y nada peor que eso para matar la iniciativa. No se trata, tampoco, de demonizarla: a veces es necesaria una zona de confort para sentirnos tranquilos, pero es cierto que esa comodidad puede derivar fácilmente en abulia. Me resulta apropiado por estos días entender que estos tiempos de incertidumbre pueden ser una oportunidad para pensar qué es realmente lo que quiero hacer, y para sacudirme de una cierta comodidad que llevaba. Lo dice más adelante en el mismo libro el profesor y filósofo Damián Pachón: «Preguntémonos de entrada: ¿es negativa la incertidumbre? La respuesta es no pues resulta bastante saludable perder las certezas habituales que tenemos, entrar en tensión con el mundo en que vivimos y despojarse de las seguridades. De hecho, es la pérdida de certidumbres lo que hace avanzar al hombre y a la ciencia históricamente. (…) Desde el punto de vista sicológico, el hombre necesita seguridad, un horizonte claro hacia donde dirigirse. De tal manera que cuando sus convicciones se ponen en duda, tiene que salir de sí mismo e intentar buscar nuevas respuestas, nuevas rutas. La incertidumbre en la cual caemos nos obliga a avanzar, a explorar, a dejar la comodidad habitual y nos empuja a buscar nuevos puntos de referencia para poder conocer, para poder vivir».

Esa es la clave, pues: entregarnos a la incertidumbre, aceptar que nada es constante y que todo pende de un hilo muy delgado, que eso que hoy creemos inmutable, mañana cambiará. La incertidumbre nos brinda la certeza de que el cambio es necesario. Lo único seguro, en cualquier caso, es que nada lo es, y que debemos aprender a vivir con eso.  

 

  

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