LA NOTICIA FATÍDICA: MIÉRCOLES, 13 DE FEBRERO
Estaba tranquilo cuando me lo dijeron. No me lo esperaba. La tarde anterior me habían citado a una reunión con los dos directores para la mañana siguiente, y aunque de entrada me sonó extraño (lo primero que pensé era si había cometido un error imperdonable), me dije que no podía ser demasiado grave; después de todo, un par de semanas antes me había reunido con los editores del portal periodístico al que había ingresado y se habían mostrado amables, preguntándome cómo me sentía, cuáles eran mis inquietudes y qué impresiones tenía sobre el trabajo. Nada me hacía pensar que todo terminaría tan pronto, sobre todo porque estaba animado: había editado un par de crónicas, entre ellas la de dos periodistas jóvenes que recibieron con entusiasmo mis sugerencias para mejorar su historia.
Lo primero que noté al entrar a la reunión virtual fue el cambio en el semblante del director. Si hasta hace apenas unas semanas había sido amable, sonriente y de un humor ágil, ahora estaba serio, con los labios apretados. La amabilidad de antaño había sido reemplazada por un tono circunspecto y preocupado. Esperó unos segundos que se hicieron eternos para ver si el otro director se sumaba a la charla, pero, como nunca llegó, fue al grano: «No son buenas noticias», me dijo. «Por desgracia, tendremos que dejarte ir».
Los rumores de que algo grave estaba sucediendo habían comenzado la semana anterior, cuando el nuevo gobierno del presidente Donald Trump y su administrador del Departamento de Eficiencia Gubernamental, el todopoderoso millonario Elon Musk, anunciaron el cierre de USAID, la agencia de cooperación estadounidense que repartía millones de dólares en programas de asistencia social a varios países de Latinoamérica. Por desgracia, la organización a la que entré tenía varios proyectos agendados con USAID. El corte del chorro financiero precipitó la desgracia.
«Tenemos que salir de varios empleados», me dijo el director, con su tono sombrío. Era evidente que la situación lo tenía afectado. «Lo siento: nadie esperaba algo así». Lo entendía. Sabía que aquella situación los sobrepasaba. Aun así, lo único que atiné a responderle fue que había dejado tirado un trabajo estable por ir a probar suerte en su portal. En diciembre del año anterior cerré un ciclo de ocho años en un lugar tranquilo luego de que reventara la posibilidad de este trabajo que, además, no había sido fácil: cuatro rondas de entrevistas con editores, directores y personal administrativo, además de dos pruebas que me tomaron una mañana entera. Me despedí de mi antiguo empleo con la ilusión de empezar el año de manera diferente («El verdadero año nuevo, vida nueva», me dijo una compañera el último día, en la despedida de fin de año de la empresa), y me tomé un par de semanas de vacaciones ilusionado con ese nuevo comienzo. Viajé a mi ciudad natal en compañía de mi familia, contento ante esa etapa que comenzaba y que, creía, traería un montón de aprendizaje. Pero todo pende siempre de un hilo muy delgado.
«Ya sé lo de tu trabajo anterior», me respondió el director, apenado, en la reunión virtual. «Y créeme que lo siento. Ahora solo estamos tratando de mantener la organización a flote».
No duró mucho más su monólogo. El terremoto se había desatado. En los chats de la empresa, la gente hablaba sobre quiénes eran los despedidos y preguntaban si valía la pena quedarse cuando la situación no parecía que fuera a mejorar, al menos en el mediano plazo. Me escribieron varios compañeros por el chat privado con los que había tenido la oportunidad de trabajar en un par de textos, todos igual de apenados y abrumados. Dijeron palabras amables, pero en momentos así cualquier frase suena a consuelo vacío. No es culpa de nadie.
Lo que cuento sucedió el miércoles 13 de febrero. Esto lo escribo un día después. El director me dijo que me quedara en la organización hasta fin de mes, así que estaré dos semanas más trabajando con pocas ganas. ¿Cómo podría ser de otra manera? Lo que más me preocupa es que tengo un hijo de diez años y la pensión del colegio llega muy cumplida a principio de mes. Aún es pronto, lo sé, y por fortuna con mi esposa tenemos algunos ahorros que nos permitirán mantenernos a flote, pero la cabeza empieza a dar vueltas muy pronto. Anoche me desperté a las tres de la mañana y me costó muchísimo volver a dormirme. Me imaginé un montón de escenarios, algunos catastróficos y otros más optimistas. Lo que me asusta, creo, es darme cuenta de que ya no soy tan joven, y de que ahí afuera hay un montón de personas capacitadas que pueden hacer el trabajo por mucha menos plata. Pero, sobre todo, que cada vez hay menos oportunidades en el campo del periodismo o la edición, y que el mundo va cambiando tan rápido que resulta difícil no quedarse atrás.
Le conté a mi hijo la noticia cuando llegó del colegio, ayer en la tarde. Maticé la situación diciéndole que no se preocupara, que íbamos a estar bien y que nada cambiaría demasiado por el momento. Le expliqué que tendré tiempo de buscar otro empleo con calma. La estupefacción que sintió al principio derivó en una rabia mal dirigida, como si necesitara encontrar algún culpable. Supongo que en su interior también se despertó un miedo incipiente.
¿Qué quiero hacer ahora? No tengo idea. Ayer, mientras le contaba a un amigo lo que había pasado, me dio una buena idea: «Escriba un diario», me dijo. Y aquí estoy, poniendo en palabras esta situación después de un largo periodo de relativa calma. Es curioso cómo todo puede cambiar en un instante; esa es una obviedad que solemos pasar por alto. Quizás en un par de meses pueda volver atrás y mirar con gracia este periodo en el que empecé un año con un entusiasmo desbordado y las ilusiones que me había hecho se derrumbaron más pronto de lo que pude imaginar.



Comentarios
Publicar un comentario