¿MUY VIEJOS PARA EL MERCADO? (MARZO DE 2025)
A un familiar cercano lo despidieron de la empresa en la que trabajó durante más de dos décadas luego de cumplir cincuenta años. Fue un golpe mortal para él. Le costó mucho trabajo entender que, luego de tantos años de servicio y de haber entregado gran parte de su tiempo y esfuerzo, le dijeran que su trabajo ya no era necesario.
Lo intempestivo del despido hizo que lo sintiera como una traición dolorosa, de la que le costó trabajo recuperarse. Durante los años que siguieron intentó, sin éxito, volver al sector en el que se desempeñó, pero tuvo que resignarse a ver cómo las puertas se le cerraban una a una. Por primera vez en muchos años, no solo sintió la frustración que conlleva el hecho de no poder encontrar un empleo, sino que entendió que los años le habían caído de golpe: empezó a sentirse viejo.
Aunque encontró luego un par de trabajos menores que no duraron mucho tiempo, ese despido marcó el declive de su carrera profesional. Una vez se dio cuenta de que no iba a ser posible emplearse otra vez, al menos bajo las mismas condiciones que había tenido antes, intentó pensar en distintos negocios que se quedaron en el papel; al final, le dio miedo arriesgar el capital de tantos años de trabajo en una apuesta de la que no estaba seguro si iba a salir airoso. Pasaron los años y el tiempo se le fue: llegó la jubilación y dejó de pensar en emplearse, aunque aún hoy, tantos años después, sigue sintiendo dolor al recordar el momento de su salida de aquella empresa.
Ver su sufrimiento durante aquellos años me hizo entender pronto que ninguna compañía va a preocuparse por sus empleados más de lo necesario. Las empresas te tratan bien mientras les sirves, pero una vez que dejas de ser útil no tienen problema en sacarte por la puerta de atrás. No hay que tomárselo personal y menos en este mundo donde lo que importa es el dinero y las ganancias; después de todo, nadie es indispensable en ningún oficio por mucho que a veces nos sintamos tan imprescindibles. Somos fugaces en todos los aspectos de la vida, al igual que en la vida misma: en menos de lo que nos imaginemos nuestro tiempo aquí habrá terminado y nadie recordará lo mucho que sufrimos por un trabajo.
Entiendo, sin embargo, la frustración de sentirse inútil, y me temo que ese es un fenómeno que ha ido anticipándose en estos tiempos. Con la velocidad de la tecnología, la inminencia de la Inteligencia Artificial, que destruye puestos de trabajo humanos, y la precarización de un mercado laboral que poco a poco aniquila a una clase media cada vez más reducida, terminaremos sintiendo cada vez más pronto que no encajamos. Ayer fueron los cincuenta; hoy, a una persona de más de cuarenta años se le empieza a considerar vieja para el mercado laboral.
Ese es el gran temor. Hoy la brecha generacional en el ámbito laboral es cada vez más amplia, y gente que aún es productiva se considera ya muy vieja para ciertos trabajos. Lo que no deja de ser paradójico, sobre todo teniendo en cuenta que la ampliación de la expectativa de vida y una tasa de natalidad a la baja, harán que el mundo esté cada vez más habitado por “viejos”. ¿Y qué haremos entonces con toda esa población a la que hemos despreciado?





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