UN DÍA A LA VEZ (FEBRERO DE 2025)
Un día antes de recibir la noticia de mi despido estaba leyendo La conquista de la felicidad, de Bertrand Russell. Ese breve manual del filósofo inglés se ha convertido desde hace años en uno de mis libros preferidos, que suelo abrir al azar de vez en cuando con el fin de releer fragmentos. Había vuelto a cogerlo luego de que mi esposa lo terminara, y a mí se me despertara otra vez la curiosidad por refrescar las enseñanzas prácticas que brinda Russell para llevar una vida más armoniosa. La noche anterior había leído un capítulo en el que encontré una serie de frases que parecían hablarme de manera directa, como hacen siempre los buenos libros: «Cuando lo amenace un infortunio, considere seria y deliberadamente qué es lo peor que podría pasar», escribe Russell. «Habiendo visto a ese posible infortunio a la cara, dese razones sensatas para pensar que, después de todo, no habrá ningún desastre terrible. Esas razones siempre existen porque, en el peor escenario, nada de lo que le pase a uno tiene alguna importancia cósmica».
Subrayé la frase al momento de leerla. Aunque ya había empezado a hablarse en el trabajo sobre el problema de financiación que iba a traer el cierre de USAID, yo estaba lejos de pensar que afectaría a la organización de manera tan directa. Recordé una reunión de todo el equipo que habíamos tenido la semana anterior, en la que ambos directores nos inyectaron una dosis de confianza y se encargaron de despejar los posibles temores. «Hemos pasado por momentos más difíciles», dijo el que luego me despidió, con el tono alegre y confiado que le había visto desde el primer momento y que luego desapareció en la reunión en la que me informó que no seguiría trabajando. «Estoy seguro de que saldremos de esta», remató.
Quedé confiado. Sabía que cortar el grifo del dinero tenía sus riesgos, pero nunca me imaginé que pondría en peligro el funcionamiento mismo de la empresa. Así que cuando me notificaron sobre el despido lo primero que hice fue recordar la frase de Russell y tratar de aplicarla en mi nuevo contexto. «Es solo un trabajo», me dije. «Ya vendrá otro». Hoy, cuando aún faltan un par de semanas para quedarme sin un ingreso fijo después de tanto tiempo, trato de imaginar cuál sería el peor escenario posible de toda esta situación. Y tengo clarísima la respuesta. Lo que más me preocupa es el bienestar de mi hijo.
Ese es mi mayor miedo. La razón por la que mi cabeza empieza a dar vueltas dibujando escenarios catastróficos: ¿qué pasa si no consigo un trabajo nuevo? ¿No he visto, acaso, la cantidad de publicaciones en LinkedIn, la red de empleos, en las que la gente se queja de lo complejos que ahora resultan los procesos de selección y lo mal pagados que están algunos trabajos? ¿Qué sucederá si me quedo sin dinero? ¿Cómo podremos pagarle la educación? Sé que son escenarios extremos, pero es imposible no preguntárselo ahora mismo.
En ese instante recuerdo que ya he estado en esta misma situación antes, por decisión propia. Cuando nació mi hijo, en 2014, estaba atrapado en un trabajo que me hacía profundamente infeliz. Un año atrás había cambiado mi puesto como periodista en una revista por otro en la oficina de comunicaciones de una empresa estatal de comercio. Lo hice, sobre todo, porque me ofrecieron más plata, y cuando uno va a ser papá los gastos empiezan a multiplicarse tanto como la angustia por conseguir dinero: los médicos, la cuna, los pañales, la ropa, y un largo etcétera que no acabaría de enumerar aquí. Me fui tentado por unas condiciones más estables, con bonos y seguro médico privado, pero no tardé en darme cuenta de que había cometido un error.
La dinámica laboral que tenía cambió por completo. Desde que empecé en esa oficina, ubicada en el piso veintipico de un edificio en el centro, me la pasaba de reunión en reunión, vestido con traje y corbata que nunca había tenido que ponerme (me vi obligado a comprar tres vestidos, con camisas, corbatas y zapatos), y tratando una serie de temas que no me motivaban. No tardé en perder el entusiasmo. Me deprimí. Cogía el bus en frente de mi casa y en todo el trayecto hasta el viejo edificio me iba pensando en que no quería estar allá. ¿Qué podía hacer? Tenía un hijo recién nacido y necesitaba el sueldo.
Con el tiempo, la situación se fue volviendo insostenible. No podía pensar en nada distinto a la frustración que sentía todos los días. Hasta que llegó un momento en que no aguanté más: le dije a mi esposa que iba a renunciar, que ya veríamos qué haríamos. Ella estuvo de acuerdo, a pesar del bebé. Y me fui. Recuerdo que en la empresa me pidieron pensarlo bien, seguros de que estaba cometiendo un error gigante. Pero no había vuelta atrás: era eso o mi salud mental, y pude darme el lujo de abandonarlo.
Visto en retrospectiva, fue una decisión arriesgada. Estuve más o menos seis meses sin nada fijo, hasta que apareció el puesto de editor en una revista que cerró tiempo después. Mientras tanto, escribí artículos aquí y allá, me moví como pude y logré sortear la parte económica. Es cierto que por esos días no estaba obligado a pagar la matrícula de un colegio, pero las preocupaciones por el dinero nunca dejaron de estar. Ni dejarán, tampoco: nos pasaremos el resto de la vida angustiados por la manera de conseguirlo.
Una década más tarde, la decisión no ha sido mía. Tampoco tuve opción de escoger. Qué le hacemos: el periodismo resulta cada vez más amenazado en este mundo en el que estamos viviendo. No pretendo idealizar el oficio, pues sé que también los periodistas hemos cometido muchos errores, pero es cierto que hoy más que nunca una prensa independiente es importantísima. Justo cuando la historia tiende a repetirse, cuando el auge de una derecha intolerante y fanática gana cada vez más terreno en el planeta entero y un puñado de millonarios amasan más poder que varios países juntos, la visión de un periodismo serio es necesaria.
Las redes están ganando la batalla; el odio de Elon Musk y Trump escudado en esa falsa concepción de la libertad de expresión, nos está llevando por caminos que la humanidad ya ha vivido. Y eso es peligroso. La batalla contra los medios no es inocente; el hecho de cortar de tajo la financiación de tantas organizaciones que trabajan por contrarrestar a ese poder, es una estrategia deliberada. Yo no me siento adalid del buen periodismo, ni mucho menos. Pero, aun así, estoy convencido de que es importante que exista.
Pero en fin. A poco más de semana y media de quedarme sin trabajo, no sé muy bien qué hacer todavía. A veces, cuando me angustia ver lo difícil que resulta la situación y lo complejo que está el panorama, trato de recordar la frase que me tatué en el antebrazo hace un par de años, y que resume lo mejor que puedo hacer en este preciso momento: un día a la vez.




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