DAR VUELTAS EN CÍRCULOS: LA PREOCUPACIÓN POR EL DINERO (ABRIL DE 2025)
En “la muerte de Iván Ilich”, León Tolstói relata la muerte de un funcionario medio, en Rusia, a quien una enfermedad lo consume cuando pasa de los cuarenta años. Hacia el final del libro, cuando Ilich no puede levantarse de la cama y se da cuenta que la vida se le va, hace un repaso de su existencia y entiende que solo ha sido verdaderamente feliz en la infancia. «Apenas se apartaba de la infancia y se acercaba al presente, más ambiguas eran las alegrías. Comenzaba por la Facultad de Derecho. Allí tenía lo bueno; recordaba el placer, la amistad, la esperanza; pero en los cursos inferiores, esos momentos raleaban. Cuando pensaba en los primeros años del cargo con el gobernador, sentía la reaparición de momentos buenos. Recordaba el amor con su mujer. Luego se confundía todo y lo bueno volvía a hacerse escaso. Disminuía cada vez más. Su casamiento, algo imprevisto y un desengaño. (…) Y ese trabajo de gente muerta: la preocupación por el dinero. Año tras año lo mismo. Cuanto más duraba, más mortífero era».
La preocupación por el dinero, escribe Tolstói. Desde hace siglos se nos va el tiempo mortificándonos por conseguirlo, una angustia que solo se ha vuelto peor en una sociedad tan ferozmente consumista como la nuestra. Necesitamos plata para alcanzar esa anhelada estabilidad que, a su vez, se encuentra ligada a la salud mental. No todo se soluciona con mindfulness, meditación y aceptación; si no tienes para comprar un mercado o darle educación a tus hijos, resulta injusto poner sobre tus hombros el peso de tu propia estabilidad emocional. Eso es lo básico. Pero está también el otro lado: el de los que, aun teniendo esas necesidades satisfechas, buscan más y más cosas para llenar vacíos. El último modelo del teléfono, el carro más nuevo, el apartamento más grande, el viaje en primera clase. La mentira de los influencers en redes que quieren vender una vida de lujos disfrazada de una felicidad impostada.
Un ensayo del gran Malcolm Gladwell, que aparece en su libro David y Goliat, aborda el tema del dinero y la crianza: «Si se tiene poco dinero, resulta muy duro ser un buen padre, sobra decirlo. La pobreza agota y estresa. Si has de conseguir dos trabajos para llegar a fin de mes, no es fácil reservar energías al final del día para leerles un cuento a tus hijos. (…) Pero nadie aseguraría que siempre se va a cumplir la máxima de que, cuanto más dinero tenga uno, mejor padre va a ser. El dinero facilita la labor de los padres hasta cierto punto, pero luego deja de contribuir favorablemente. ¿Dónde se encuentra ese punto? Los académicos que sondean el tema de la felicidad sugieren que cuando una familia tiene unos ingresos anuales de más de 75.000 dólares, el dinero deja de ser una causa de felicidad. A partir de esa cifra, se establece lo que los economistas denominan “la ley de los rendimientos decrecientes”. Si su familia gana 75.000 dólares y su vecino 100.000, esos 25.000 dólares de diferencia anuales supondrán que su vecino conduzca un coche mejor y coma más a menudo fuera de casa. Pero eso no hará a su vecino más feliz que usted, ni le pertrechará mejor para desempeñar mejor la miríada de grandes cosas que identifican a un buen padre».
El punto medio. Qué distinto sería si no tuviéramos que preocuparnos por conseguir dinero para hacer lo que hacemos, o si la plata no fuera nuestro motor principal. Sé que no es la motivación de muchas personas, por supuesto, pero mentiríamos si dijéramos que conseguirla no es una fuente de angustia. La gran preocupación de los desempleados y de los independientes es, quizás, la misma que atormentó a Iván Ilich hasta su lecho de muerte. O la de todos, si vamos a ser sinceros.




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